25 de Mayo: El desafío de convivir bajo reglas claras y sin perder la fraternidad

Cada vez que llega un nuevo aniversario de la Revolución de Mayo, es habitual encontrarnos con discursos que idealizan aquella semana de 1810. Nos pintan un cuadro de Billiken: pacífico, homogéneo y sin fisuras. Sin embargo, cuando miramos la historia de cerca —y sobre todo, cuando la cruzamos con nuestra realidad actual— descubrimos que el nacimiento de la Patria no fue un evento sereno, sino el resultado de un profundo y apasionado debate entre personas que pensaban muy distinto.

Hoy, en medio de las tensiones y las grietas que nos desgastan, el 25 de Mayo nos deja una lección fundamental: las instituciones y las reglas de juego no existen para uniformarnos, sino para permitir que convengamos y construyamos juntos un Bien Común, precisamente porque somos diferentes.

El mito de la armonía y la realidad de la negociación

La «Primera Junta» se llamó así, justamente, porque era la juntada de distintas corporaciones y sectores de poder que, por otros medios, no lograban ponerse de acuerdo. Sentados a esa mesa fundacional había abogados, comerciantes, militares como Saavedra y Azcuénaga, y un sacerdote, el cura Alberti.

Ninguna de esas reuniones fue pacífica. Había miradas conservadoras que buscaban evitar confrontaciones violentas y sectores más radicalizados que pretendían avanzar a sangre y fuego sobre las provincias que no adherían inmediatamente.

No debemos asustarnos del debate fuerte ni de las miradas contrapuestas. El secreto de nuestros fundadores no fue la ausencia de conflictos, sino la decisión de institucionalizar el diálogo. Crearon un espacio armado con reglas donde cada uno tenía un voto y donde la decisión final se tomaba de cara a la comunidad, con ética y transparencia.

El «papelito roto» del Archivo General: Nacer desde la necesidad

Hace un tiempo tuve la alegría y el recuerdo precioso de revisar los papeles originales de la Revolución en el Archivo General de la Nación. Entre legajos gruesos, encontré un retazo que me conmovió profundamente: un pedazo de papel oficio áspero, un triángulo arrancado en una esquina.

En ese pedacito de papel, aprovechando el espacio al máximo porque en 1810 el papel escaseaba, la pluma de algún abogado de la Junta —quizás Moreno, quizás Castelli— anotaba en círculo preguntas urgentes de la coyuntura interna:

¿A quiénes vamos a invitar? ¿Cuántos van a votar? Si hay empate, ¿qué hacemos?

Ese borrador apurado, escrito en el calor del debate, pasó casi inadvertido para la historia, pero se convirtió en la base del primer reglamento que la Junta se dio a sí misma.

¿Por qué hago pie en este detalle? Porque desde el CEMAIS estamos convencidos de que poner reglas claras y sostenerlas en el tiempo es la esencia misma de la representación democrática. Las reglas no son trabas burocráticas; son el resguardo de nuestra libertad.

Desde un asado familiar hasta la Constitución Nacional

Las reglas hacen falta, sencillamente, porque no todos pensamos lo mismo ni estamos dispuestos a hacer el mismo esfuerzo. Y esto no pasa solo en el Congreso; pasa en la vida cotidiana.

  • Hay reglas en un partido de fútbol de barrio.

  • Hay reglas en un asado familiar (quién compra la carne, quién trae la bebida, hasta qué hora nos quedamos, quién lava los platos).

Cuando esas reglas se cumplen, no solo se garantiza el éxito del evento: se cuida la armonía del grupo. Sin reglas comunes, es imposible que personas con intereses antagónicos sean capaces de construir algo que los trascienda. Cuando fallamos en escuchar y en contener las necesidades de todos los sectores, el tejido se rompe. La historia misma nos lo demuestra: la falta de capacidad para articular reglas que integraran a todos hizo que territorios enteros de aquel Virreinato original tomaran rumbos separados.

Volver al piso común

El pensamiento diverso nos va a acompañar siempre; es parte de nuestra riqueza como pueblo. El desafío no es eliminar la diferencia, sino fijar un piso común donde todos tengamos un lugar.

Para los argentinos, ese piso innegociable se escribió en el Preámbulo de nuestra Constitución de 1853. Esas palabras no son piezas de museo; son el refugio donde debemos hacernos fuertes para actualizar los derechos y las demandas de hoy con el mismo vigor y las mismas ganas que tuvieron nuestros fundadores.

Cierro con un recuerdo del Papa Francisco, quien siempre repite con una sonrisa: «Todos, todos, todos». Estoy seguro de que cuando lo dice, se acuerda de la Argentina. El país que queremos no se construye dejando a la mitad afuera, sino asumiendo la responsabilidad histórica de sentarnos a la mesa, respetar las reglas y trabajar unidos por la promoción y la dignidad de cada hermano.